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28/8/09

Marte, la Luna e internet.


Aunque pasara desapercibido, durante la noche del pasado seis de agosto se pudo observar sobre el horizonte granadino un fenómeno astronómico de singular belleza: la Luna llena y el lucero del planeta Júpiter parecían estar muy próximos, al tiempo que se desplazaban casi al unísono por la bóveda celeste. Al contemplarlos me vino a la memoria la noticia, tan llamativa como falsa, que viene circulando a través de Internet, junto a pretendidos razonamientos para hacerla más verosímil entre los profanos. Se afirma en ella que Marte nunca había estado tan cerca de la Tierra, como en la fecha en que se vaticinaba el suceso, y que su tamaño aparente (a simple vista) sería como el de la Luna llena; una circunstancia verdaderamente extraordinaria que no se volvería a presentar hasta transcurridos no sé cuantos años. Tan curiosa novedad me la han hecho llegar diferentes amigos y conocidos con titulación universitaria, superior o media, algún que otro profesor y un compañero de profesión.

A casi todos les contesté en clave de humor, haciendo mía la célebre frase atribuida a un célebre torero del pasado: lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible. Sin embargo, alguno me reclamó una justificación que aclarase mi respuesta y tuve que entrar en detalles. A nivel coloquial se podría argumentar que el tamaño de Marte es prácticamente el doble que el de la Luna y que su mínima distancia a la Tierra es del orden de ciento cuarenta veces la que hay entre ella y su satélite; de manera que el diámetro aparente de Marte, para nosotros, ha de ser alrededor de setenta veces menor que el presentado por la Luna. Para exponer la misma idea de forma más rigurosa han de tenerse presentes algunos conceptos elementales de geometría. ¿Quién no recuerda que la longitud de la circunferencia se obtiene multiplicando su diámetro por el número pi? A partir de esa propiedad se deduce que dividiendo la longitud por el radio se obtendría el doble de dicho número, es decir 360 º expresados en radianes, o lo que es lo mismo, el valor angular de la circunferencia

Pues bien, aplicando esa misma relación al caso del planeta, resultará que dividiendo su diámetro, alrededor de 6772 km, por su mínima distancia a la Tierra, unos 55 millones de kilómetros (año 2003), se obtendría el tamaño aparente de Marte. El cociente de tales cantidades es próximo a 0.0001231 radianes, equivalentes a 25.4 segundos sexagesimales aproximadamente. Como el tamaño aparente de la Luna, semejante al del Sol, es del orden de los treinta minutos sexagesimales, resulta que cuando está llena parecerá ser unas setenta veces mayor que Marte. Por reducción al absurdo se llegaría a un resultado parecido, puesto que para que Marte tuviese un diámetro aparente similar al de la Luna, su distancia a la Tierra tendría que ser ocho veces menor y el equilibrio gravitacional de nuestro sistema solar sería otro.

La conclusión es por tanto evidente, la noticia es rotundamente falsa aunque en Internet se afirme lo contrario, junto a la verdad. Sospecho que la propagación de tan disparatada expectativa pudo haber tenido su origen en una lamentable equivocación: haber confundido los segundos con los minutos. Y es que un avance tan imprescindible, hoy día, para la transmisión de la información, debería de ir acompañado de la necesaria comprobación de las fuentes documentales cuando se tratase de cuestiones científicas; Internet no es en absoluto la panacea didáctica que propugnan los insensatos.

Como usuario de tan poderosa herramienta, termino esta disquisición veraniega con otros errores astronómicos no menos llamativos, a modo de disculpa ante los internautas compulsivos. Un astrónomo tan reconocido como Camille Flammarion ( 1842-1925 ) se dejó llevar por su desbordante imaginación al describir a los extraterrestres del sistema solar en pleno siglo XX (Les Terres du Ciel. Ed.1912). Para él los marcianos tenían alas para así “poder gozar del envidiable privilegio de la navegación aérea”; en cuanto a los selenitas, sus delirios le llevaron a pensar que debieron de haber sido sordomudos. Aunque sea comprensible que los comentarios del astrónomo francés puedan suscitar alguna que otra sonrisa displicente, no conviene olvidar que en un futuro, más o menos cercano, nuestros sesudos razonamientos podrían también provocarla.

Fuente: Mario Ruiz Morales
Centro Nacional de Información Geográfica & Universidad de Granada

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