De un día para otro, Portugal ha entrado en reserva. Más de dos tercios de las gasolineras tienen desabastecimiento de
gasóleo o gasolina, los aviones que despegan de Lisboa o Faro tienen
que parar en Sevilla a repostar y los lusos, temerosos de que sus planes
de Semana Santa se vean afectados, son capaces de hacer 120 kilómetros para ir a Badajoz a llenar el tanque. Ésta es la estampa actual al otro lado de la frontera, donde crece con el paso de las horas una crisis energética que el martes por la mañana nadie imaginaba, pero que ahora amenaza con paralizar el país. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Quién empezó todo
Los convocantes son el novísimo Sindicato Nacional de Transportistas de Materiales Peligrosos, creado el pasado noviembre y que, de momento, es una estructura independiente de centrales sindicales. Su naturaleza es confusa
en un país repleto de sindicatos –hay profesiones que tienen hasta
tres– y la prensa lusa les define como “una nueva cara del sindicalismo
portugués, inorgánico y no alineado (por lo menos aparentemente)”.
Esta novedad explica porqué nadie sabía que se acercaba una huelga,
pese a que entregaron el pre-aviso el 1 de abril. No fue hasta la
semana pasada, de hecho, cuando el Gobierno, por fin consciente de las
consecuencias que podía tener el paro, decretó unos servicios mínimos –tras constatar que los implicados no lograban hacerlo– que este miércoles se han comprobado insuficientes.














