Presume
Miguel Ángel Matiaci Molina —que así se llama el protagonista del
reportaje de hoy— de haber aprendido al lado de quienes mucho saben,
algo que le honra: “Después de terminar el Bachillerato, decidí
dedicarme a mi verdadera pasión, que es la cocina; empecé a estudiar en
la Escuela de Hostelería La Laguna de Baeza entre 2003 y 2005, y para mí
esa formación fue muy importante y difícil, ya que compaginaba la
semana de escuela con los fines de semana en el negocio familiar”,
recuerda. Pero tuvo allí, en la escuela, a “los mejores”, dos
profesionales como Julio Andrés Vázquez y Juan González, que —asegura—
despertaron en él “dos cosas, la pasión y la sabiduría”: “Realmente no
te das cuenta de hasta dónde llega tu aprendizaje hasta que no llegas a
profesional”, sentencia Matiaci.
Ese periodo de formación fue de lo más productivo, y en cuanto tuvo oportunidad hizo las maletas y en Granada, Valencia, Ibiza, Mallorca, Benidorm... se empapó de cómo trabajan los mejores y comenzó a convertirse en el chef de prestigio que ya es: “Mi último destino en España fue Casa Marcial, con dos estrellas Michelin, de Nacho Manzano, en la Salgar (Asturias)”. Allí trabajó como jefe de cocina de su cáterin, acumuló experiencia y abrió la puerta de su carrera: “Recibí una oferta de trabajo en Brusalas para un cáterin que trabaja para el Parlamento, Comisión y Organismos del Estado, yo siempre pensaba en poder trabajar en el extranjero y después de perder a mi padre (Joaquín Matiaci) en 2011, perdí a mi madre (Petra Molina) en 2015”, evoca el chef. Tristes hechos que, dice, desencadenaron sus ganas de seguir sus pasos fuera de España: “Ellos fueron emigrantes trece años en Holanda”, rememora. Y se marchó, como la protagonista de la famosa canción de Perales; eso sí, no “para batirse en duelo con el mar”, sino con un objetivo muy claro, crecer como cocinero. No fue fácil, al principio: “2016 fue un año de adaptación a un país en el cual el idioma es muy importante, y si no lo tienes te cierras muchas puertas”, apostilla el carolinense, y añade: “La suerte en la cocina es que hablamos el idioma internacional que es trabajar y tener pasión por lo que haces”, toda una declaración de principios para un hombre que, además de laboralmente, triunfó, entre receta y receta, como persona al hallar a la mujer con la que compartir no solo los fogones, sino la vida entera: “2017 fue muy importante para mí, encontré al amor de mi vida, Isabel, mi futura esposa, y empecé en un proyecto nuevo que me permitía hacer mi cocina y dar rienda suelta a mis conocimientos”. Tanto, que se proclamó ganador de la Feria Mundial de la Tapa en representación de Andalucía, contra rivales tan duros que, algunos de ellos, contaban con la estrella Michelin en su currículo. De ahí a hoy mismo, segundo mejor cocinero belga, protagonista de importantes “showcookings” y hasta una oferta en Portugal, adonde, si todo sale como espera, habrá que ir a hacerle un nuevo reportaje de “Jiennenses por el mundo”.
Ese periodo de formación fue de lo más productivo, y en cuanto tuvo oportunidad hizo las maletas y en Granada, Valencia, Ibiza, Mallorca, Benidorm... se empapó de cómo trabajan los mejores y comenzó a convertirse en el chef de prestigio que ya es: “Mi último destino en España fue Casa Marcial, con dos estrellas Michelin, de Nacho Manzano, en la Salgar (Asturias)”. Allí trabajó como jefe de cocina de su cáterin, acumuló experiencia y abrió la puerta de su carrera: “Recibí una oferta de trabajo en Brusalas para un cáterin que trabaja para el Parlamento, Comisión y Organismos del Estado, yo siempre pensaba en poder trabajar en el extranjero y después de perder a mi padre (Joaquín Matiaci) en 2011, perdí a mi madre (Petra Molina) en 2015”, evoca el chef. Tristes hechos que, dice, desencadenaron sus ganas de seguir sus pasos fuera de España: “Ellos fueron emigrantes trece años en Holanda”, rememora. Y se marchó, como la protagonista de la famosa canción de Perales; eso sí, no “para batirse en duelo con el mar”, sino con un objetivo muy claro, crecer como cocinero. No fue fácil, al principio: “2016 fue un año de adaptación a un país en el cual el idioma es muy importante, y si no lo tienes te cierras muchas puertas”, apostilla el carolinense, y añade: “La suerte en la cocina es que hablamos el idioma internacional que es trabajar y tener pasión por lo que haces”, toda una declaración de principios para un hombre que, además de laboralmente, triunfó, entre receta y receta, como persona al hallar a la mujer con la que compartir no solo los fogones, sino la vida entera: “2017 fue muy importante para mí, encontré al amor de mi vida, Isabel, mi futura esposa, y empecé en un proyecto nuevo que me permitía hacer mi cocina y dar rienda suelta a mis conocimientos”. Tanto, que se proclamó ganador de la Feria Mundial de la Tapa en representación de Andalucía, contra rivales tan duros que, algunos de ellos, contaban con la estrella Michelin en su currículo. De ahí a hoy mismo, segundo mejor cocinero belga, protagonista de importantes “showcookings” y hasta una oferta en Portugal, adonde, si todo sale como espera, habrá que ir a hacerle un nuevo reportaje de “Jiennenses por el mundo”.
gratitud a bélgicA
En su línea de mostrar agradecimiento a todos y a todo cuanto considera
beneficioso en su biografía, Miguel Ángel Matiaci Molina no escatima a
la hora de poner en valor cuanto de bueno tiene su aventura belga:
“Tengo que decir que Bélgica me ha aportado mucho profesionalmente y
personalmente, he aprendido idiomas (francés e inglés) y hay sitios que
siempre recordaré, no solo en Bruselas sino en todos los pueblos y
ciudades que he visitado, en especial Brujas”, asegura. No obstante, y
aunque tiene claro que su destino se encuentra allá donde ve un reto
profesional que lo motive, no se olvida de su tierra natal, hacia la que
se deshace en elogios: “Siempre me gustará volver a mi tierra, porque
nunca nos olvidamos de nuestras raíces y de nuestra gente... ¡Porque
como Andalucía no hay nada!”, sentencia el carolinense.
para no aburrirse
“Si hace buen tiempo, que es dificil, Bruselas ofrece muchos espacios
verdes y bosques salvajes dentro de la ciudad en los cuales la gente
pasea, lee, da de comer a los patos o se tumba en el césped con una
buena cerveza belga porque si los belgas en algo son buenos es en su
forma de hacer la cerveza y los chocolates, ¡claro!, asegura Matiaci,
que destaca la profusión de bares —“braseries” les llaman allí— con gran
variedad de cervezas artesanas. “Bruselas —dice— es el centro de Europa
y tienes ciudades europeas cerca (Amsterdam, París, Berlín...) a menos
de cuatro horas. Según el carolinense, “cuando empieza la primavera
hacen muchos festivales gratis de música de estilos diferentes, en los
barrios forman verbenas, que llaman ‘brocante’, y ponen mercadillos
artesanos, productos del terreno (salchichones, quesos,
cervezas,chocolates...).
horarios muy distintos a los españoles a la hora de salir a comer y cenar

La vida de Miguel Ángel Matiaci Molina en la capital belga gira en
torno al trabajo en el restaurante en cuya cocina da rienda suelta,
jornada a jornada, a su talento, como él mismo detalla: “Un día normal
en Bruselas transcurre abriendo los ojos a las nueve de la mañana y
escuchando mucho tráfico, debido a los grandes atascos que hay en esta
ciudad; a las diez empiezo a trabajar controlando los pedidos y comienzo
a levantar la cocina”. Asegura el chef nacido en La Carolina que el
horario de los establecimientos hosteleros en su nuevo destino es de
doce del mediodía a dos y media de la tarde “(a diferencia del horario
español, que la gente va a comer a las dos y media)”, y de seis de la
tarde hasta las diez y media de la noche. “Los belgas tienen unos
horarios muy diferentes a los españoles en lo referente a las comidas,
para ellos es muy difícil verlos cenar más tarde de las nueve de la
noche, y dos días libres a la semana son obligatorios”, afirma el
jiennense, que posa en la foto junto a su novia, Isabel, en uno de los
rincones monumentales de la ciudad de Brujas.
inolvidables

Joaquín
Matiaci y Petra Molina, los padres del protagonista de este reportaje,
son dos figuras muy importantes para Miguel Ángel Matiaci. De ellos, a
los que perdió en 2011 y 2015, respectivamente, asegura el carolinense:
“Me han enseñado mucho en la vida, y a ser quien soy”. La memoria de
ambos está siempre viva en el chef.
enamorado

Se
confiesa ilusionado en el plano amoroso al lado de Isabel, que el año
que viene se convertirá en su esposa y con quien posa en esta foto,
tomada en Brujas. “Es de La Carolina e íbamos a la escuela juntos,
hablamos en una feria y, al final, vino a verme, fuimos a Brujas y
‘voila”, recuerda Matiaci, y concluye: “Cosillas del destino”.
entre grandes

Rodeado
de compañeros y al lado de dos grandes de la cocina, Nacho Manzano y
Andoni Luis Aduriz, el carolinense se inmortalizó en esta imagen tomada
en Casa Marcial, un establecimiento hostelero ubicado en la Salgar,
cerca de Arriendes, en Asturias. con dos estrellas Michelin. Allí
trabajó y aprendió.
“mano a mano”

En
la fotografía, Miguel Ángel Matiaci elabora un plato junto con su “gran
amigo y maestro de la cocina japonesa Andre Lechien”. El chef
carolinense no ahorra elogios hacia aquellos que considera referentes en
el ámbito profesional en el que trabaja, una actitud que evidencia la
calidad humana de este profesional de la gastronomía.
Fuente e imagen: Diario Jaén
Fuente e imagen: Diario Jaén


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Se coherente con tus comentarios e intenta ser educado y respetuoso en los mismos.